


Es el tiempo de las criaturas de la noche. Los días, aunque soleados, cada vez son más cortos, y hay que pasarlos escondidos, camuflados en el mundo pardo, ocre y gris de las cortezas, los líquenes, los troncos, las ramas y las hojas secas del bosque, para no ser molestado por los bandos de los ruidosos y valientes pajarillos que afrontan la proeza de pasar el otoño y el invierno en nuestras inhóspitas y solitarias sierras norteñas.
En el sotobosque, el Rosal silvestre (Rosa pimpinellifolia) protege sus frutos con un espeso y pinchudo alambre de espino, a prueba de ratones.
Unos ratones que en estas fechas se entretienen royendo bellotas y los desmogues de los corzos, ricos en sales minerales, recién caídos sobre la hojarasca que cubre el suelo.
Estos pequeños y activos roedores serán cazados y tragados enteros por las rapaces nocturnas, como el Cárabo común (Strix aluco) y el Búho chico (Asio otus), que descansan durante el día pegados a los troncos o en el interior de huecos y se deshacen de los restos no digeribles de sus presas, vomitando unas bolas de pelo y huesos llamadas egagrópilas.
Mientras el Hidno imbricado (Sarcodon imbricatus) fabrica sus agujas apuntando hacia abajo, hacia el mantillo del que extrae su sustento, descomponiéndolo, al igual que hacen las lombrices de las que se alimenta la misteriosa “Dama de los ojos de terciopelo” que también descansa durante el día, quieta e invisible, echada en algún tranquilo y silencioso rincón del suelo del bosque.
Resuena en el sombrero: En el enlace de “bandos” se pueden escuchar y ver unos pájaros que ahora ya se sienten mucho mejor y de lo más animados, bailando casi tan rápido como yo en el concierto de los "Fleshtones" de mi entrada anterior.
Fotos y dibujos by Mad Hatter: 1) Cárabo descansando tras la primera nevada. 2) Cárabo durmiento en el interior del hueco de un haya. 3) Cabeza de Búho chico. 4) Frutos y espinas del Rosal silvestre. 5) Carpóforos de Hidno imbricado en el suelo de un pinar.








